Ni el remedio espero

Tono 39 del Cancionero de Miranda. Música: Fray Felipe de la Madre de Dios. Orgánico: Tiple 1º, Tiple 2º, [Alto], Tenor y guion.

El tono Ni el remedio espero, es el primero del Cancionero de Miranda que aparece atribuido a un compositor en sus propios libretes. Hasta aquí, los treinta y ocho tonos anteriores se transmiten sin nombre alguno, y la única autoría que conocemos entre ellos procede de una fuente ajena al cancionero (la de Antonio Marques Lésbio para el tono 31). Con este tono empieza, además, la nutrida serie de obras de Fray Felipe de la Madre de Dios, con once tonos el compositor más representado de toda la compilación. Sus once tonos se reparten entre los números 39 y 60, repartidos en tres bloques (39-41, 47-49, 57-58).

El texto

El poema, del que no se conoce ningún otro testimonio poético, consiste en un estribillo seguido de seis coplas que desarrolla una paradoja sin salida: el amante desdeñado rechaza a la vez el remedio de su dolor y la muerte que lo terminaría, porque el sufrimiento se ha convertido para él en la única forma de vida concebible, yo no quiero más vida que los martirios. Sobre esa declaración inicial las coplas construyen una imaginería carcelaria sostenida, la de los grillos, los hierros y el albedrío rendido, cuyo giro característico consiste en que las penas resultan siempre más duras que la prisión física: los grillos vienen del hado; las penas, del propio arbitrio del amante, que es quien las elige. La quinta copla vuelve al estribillo casi con sus mismas palabras, ni la espero ni la admito, para extraer la consecuencia que faltaba: al que padece, el alivio le resulta un rigor nuevo. La copla final plantea el lugar textualmente más dudoso del tono, discutido en el aparato crítico de esta edición.

La música

La música del estribillo arranca con un largo solo de veinte compases para el tiple 1º. A partir del compás 21 van entrando el tiple 2º y el tenor, con el material del solo tratado en imitación durante buena parte de la sección. Las voces sólo se reúnen en homofonía estricta al final, para repetir dos veces que los martirios y cerrar la cadencia. Las coplas, por contraste, son una declamación a cuatro breve y casi enteramente homofónica, con algún desajuste momentáneo entre parejas de voces. Todo ello sin cambio de compás: a diferencia de otros tonos suyos, aquí Fray Felipe mantiene el ternario en ambas secciones.

El desequilibrio entre la extensión de las secciones (el estribillo ocupa setenta y dos compases y las coplas apenas quince) no es un capricho de este tono sino un rasgo constante del Fray Felipe que transmite el cancionero.

La edición

La voz de alto es reconstrucción editorial. La escritura imitativa del estribillo la hace aquí particularmente comprometida: no se trata de rellenar una armonía, sino de restituir una de las cuatro entradas de un tejido en el que las demás voces sí conservan su perfil. Las coplas, homofónicas y con el bajo fijado por el guion, ofrecen en cambio poco margen de duda.

El tono no se identifica en el manuscrito por el íncipit con que aquí lo titulamos. Las tablas de los tres libretes de voces (superius primus, superius secundus y tenor) no lo registran por el comienzo de su primera sección, sino por el de la segunda: Qué fuertes que son mis penas. La elección se entiende atendiendo a la disposición de la pieza, que antepone el estribillo a las coplas.

Texto

Estribillo

Ni el remedio espero,
ni el morir admito,
que, si solo pesares
son mis alivios,
yo no quiero más vida
que los martirios.

Coplas

¡Qué fuertes que son mis penas!
Más duras son que mis grillos:
ellos, a fuerza del hado;
y ellas, del cuidado arbitrio.

Al rigor de un desengaño,
más que a los hierros rendido,
duplica mi sentimiento
congojas al albedrío.

De día y noche contemplo,
mas que hay noche no imagino,
que sí huyen los silencios
y se quedan los suspiros.

Todos se quejan a un tiempo
de cuidados mal perdidos,
porque son ya de un desprecio
si otro tiempo fueron míos.

Satisfacción a mis penas
ni la espero ni la admito,
que son, para quien padece,
nuevo rigor los alivios.

O de una ley, o a la suerte,
más cuidado en los peligros,
porque amor en mi firmeza
logre mayor sacrificio.